Foo Fighters en concierto



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Quizo el tiempo que yo asistiera a esta cita. No es particularmente mi banda favorita y me es difícil encasillarla en un género específico del rock.

Pensar en un concierto es sentir el beat de las almas que sueñan con descargar un deseo contenido en el espíritu de la música y eso siempre me atrae.  Mtres.co me pidió el favor de contar lo que sentí y este es el relato de esa noche.

Así empieza la película: Ingreso a El Campín en Bogotá con cautela, simple y ordenadamente; luego entiendo que no siento la pulsión del deseo de una canción en especial, o de un riff constante, continuo e imparable con el que se pueda sonreír en solitario. Es raro. Es sentir que este es otro público, otro tiempo, otro rock.  De pronto me doy cuenta que nadie fuma nada. Es muy sano todo.

En el concierto de los Foo Fighters me sentí en otra era del rock, si bien esta banda fue para mí un caso intempestivo de éxitos melosos, algunos “Big Me”, “Learn to Fly”, “Long Road To Ruin”; otros de una fina agudeza rockera  como “Everlong”, “Monkey Wrench”, “Low”, “Rope”, “Best Of You”, “The Pretender” en donde muestran el giro dramático de una banda que se burla de su propio estereotipo rockero.  Parte de esto último está en su propuesta audiovisual, en la que vale la pena detenerse gracias a su último trabajo “Sonic Highways”. Un disco que marca rutas donde el sentido de la música gira entorno a la cultura, la vida y lo fundamental del mensaje que ella puede establecer como un retrato emotivo y social. Donde sea que esté. Hecho que es suceso para un país como Colombia, el privilegio de estar en la lista de lugares a visitar tras una producción reciente, fresca y latente, nos abre una nueva vía para el giro que representa estar en la ruta de grandes conciertos.

Ante esto solo me queda sentarme a escuchar su nuevo trabajo con una de sus portadas, Seattle, y reconfigurar lo vital de un concierto lleno de sorpresas para el público y para la banda: problemas de sonido, el acto recíproco entre el frontman y la audiencia. Los aciertos entre organizaciones y sorpresas varias, globos rojos, azules, y amarillos como recibimiento simbólico, aviones trazados milimétricamente para un vuelo fugaz, cual flashmob que formó parte del show; una Bogotá propia para locales y foráneos que nos unen en una sola voz para recordar la importancia de la música, llevados de la mano de una banda profesional que perdió el libreto en una suerte macondiana, que  fusionó un problema con la magia y remontó los pálpitos a otro nivel dejando solo los flash back que traen las buenas canciones, cursis o no, pero buenas canciones.

Y si algo tiene esta banda es eso, canciones famosas. (No es mi banda pero reconozco la mayoría) Y que supo rematar a la asistencia con este “ensayo con público” para el concierto del aniversario 20 de la banda en Los Ángeles en poco tiempo.  Con todas las boletas vendidas ya y con el aviso de los músicos amigos que participarán en él.  Por ello tocaron “Detroit Rock City”, “Tom Sawyer”, “Let There Be Rock”, “Under Pressure”.  Ese será un concierto bello con la presencia de las bandas Kiss, Rush, AC-DC y la fusión entre Queen y David Bowie. Pero estos invitados no vinieron a Bogotá.  Este concierto es parte de su preparación.

Por ello el resultado para el concierto de Bogotá fue: un show diverso, estructurado, por momentos acústico y con versiones actualizadas y renovadas para el contexto, donde la fiesta es mutua y las partes interesadas disfrutan, se fascinan como piezas históricas, el sincretismo, la comunión y un respiro para el rock con un maestro que ha dejado en su ruta musical colaboraciones, interpretaciones y creaciones con Nirvana, Paul McCartney, Cat Power, Garbage, Prodigy, Nine Inch Nails, David Bowie, Slash, King Diamond, Lemmy Kilmister (Motorhead), John Paul Jones (Led Zeppelin), Queens Of The Stone Age y los Them Crooked Vultures. Me atrevo a decir que Colombia tiene el placer de haber visto a uno de los grandes de la historia del rock y, además, ser elogiada por el mismo Dave Grohl y su banda Foo Fighters.

A la salida mientras llega “El Gato”, nuestro conductor, recuerdo que siempre pensé que Foo Fighters no es el arquetipo de una banda de rock. Nace con un vocalista, Grohl,  de una banda que fue ícono (en la que él no parecía serlo de manera individual)  De una agrupación que huyó de las pretensiones pero se destruyó en ellas. De alguna forma su nombre (NIRVANA), ahora, está representado en la personalidad de este líder. Y es que el nirvana parece el destino de este Dave Grohl encarnado en el presente, justo cuando el rock necesita resurgir del letargo en que ha caído.

Tengo un taladrar inmenso y sentimientos encontrados que no me permiten ser claro y mucho menos ordenado en este escrito. Para intentar aclarar esto, Nirvana despertó en mí la fe del rock que en un momento perdí. Atención, hablo de Rock en un sentido de época, definición que hoy es endeble y en ese mismo sentido atemporal (la razón es que se ha vuelto indeterminable) Con ello la exploración inacabable de crear géneros que lleven la esencia de lo que en algún momento representó como palabra, la misma que desde hace algún tiempo, de forma  fehaciente y radical, involucionando en formatos como el stoner rock, vuelven a búsquedas del rock en su esencia. Pero este es otro tema.  Sonrío y entiendo al subir al carro, que me divertí más de lo esperado. Miro el escenario y digo suave: “Hasta la próxima”.

Por: Giovanny Rendón
Foto: Julián López C. – Archivo Mtres.co