Las raíces musicales, la realidad y la pasión por los sonidos le dan vida a Rokamandú



La banda manizaleña Rokamandú ha tenido tropiezos, muchos de sus integrantes han cambiado de rumbo, algunos han llegado y se han marchado pero la esencia de la agrupación permanece. Con la idea de mostrarse como un grupo inconforme con las situaciones que se encuentra en la realidad del país.

La banda estuvo en una pausa como nueve meses porque el vocalista estaba lejos, entonces todos nos dedicamos a otros proyectos, estudiamos y ahora estamos en una vuelta a proyección.

Rokamandú se creó a partir de la iniciativa de Juan Bernardo Pineda Lince, y Daniel Díaz a finales de 2014. Los dos venían de un proceso con otra banda que no alcanzó a ser tan relevante para mantenerse dentro del mercado musical manizaleño. Pero después de pensarlo bien estuvieron seguros de construir un nuevo proyecto con más identidad y una idea clara de lo que quieren lograr como agrupación. Debido a esto, empezaron la labor en nuevos temas y se inició el trabajo para ensayar y grabar su primer sencillo. Titiritero.

Daniel y yo teníamos mucho que contar y quisimos unir eso con la música, esa es la esencia de Rokamandú.

La banda la conforman ocho hombres que hacen magia al componer melodías con cada uno de sus instrumentos. Es un grupo numeroso que hace notar la calidad en los arreglos que pueden lograr con la fusión de sonidos del caribe, Funk, Reggae, Ska, Rock alternativo, Soul, entre otros.

«Todos somos diferentes, escuchamos cosas diferentes y aportamos diferentes ideas, así con las fusiones creamos un estilo».

Esa melodía se acopla con cada nota musical que nace de un saxofón tenor, guitarra, bajo, batería, percusión menor, trompeta, y por supuesto las voces fuertes de Juan y Daniel que le dan el toque narrativo para crear piezas que quieren además de sonar bien, contar todo lo que siente para no guardarse la verdad.

«Siempre nos hemos promocionado con autogestión y creando nuestros propios eventos junto a otros artistas».

Así en un sótano, a pocos metros bajo tierra y encerrados entre paredes nos encontramos a cinco de los integrantes de Rokamandú: Juan Lince con su guitarra y su voz interpretando las letras, a Manuel Felipe Jaramillo con la trompeta, Juan Esteban Montoya sentado frente a los platillos y tambores que dan el ritmo de la banda, Mateo Sánchez con el bajo en sus manos y un cabello largo que se posa sobre su espalda, y Rafael Gutiérrez con su guitarra que suena con estridencia dentro del estudio. Los que faltan esperan reunirse pronto para ensayar temas nuevos y retomar labores de manera constante en pro del grupo y de creación de nuevos proyectos.

«Siempre nos hemos movido y estamos tocando puertas para posicionar la banda, es un proceso largo porque aquí hay mucho talento y muchos artistas con proyectos fuertes, hay competencia, aunque no es que la consideremos así porque todos tratamos de apoyarnos, pues hemos compartido escenario con artistas locales, nacionales e internacionales muy conocidos».

El estudio es mediano y el lugar en el que se encuentra permite estar allí sin preocuparse por los vecinos de la zona residencial cerca de cable plaza, por los lados de la Universidad Luis Amigó sede Manizales. Unos concentrados, algunos sonríen, otros fruncen el ceño cuando marcan determinada nota, y otros solo mueven su cabeza y siguen con los.pies el compás de las canciones.  En el ambiente se siente la pasión de todos para sacar las canciones que están ensayando como si estuviesen en una tarima frente a quince mil espectadores.

«Hemos participado en varios eventos en Manizales, también fuera de la ciudad y la respuesta del público es muy buena, y por eso en el 2017 logramos ser muy fuertes, tener solidez en la escena y pensar la banda como un proyecto comercialmente potente».

Desde la batería, sentado al frente de la entrada y golpeando con sus baquetas la caja y el timbal, a su izquierda está la guitarra de Rafael que marca el punteo de las melodías que surgen para terminar el tema con un poderoso riff, en la misma dirección, esta el bajo que junto a la percusión llevan el ritmo de la banda, después la trompeta que da distinción, fuerza  y estilo, y por último está la segunda guitarra, la de Lince, de pie, que mientras toca canta al tiempo frente a un pequeño micrófono que parece no ser tan potente para soportar las agudas y repetidas estrofas de las canciones que interpreta con toda la fuerza de su voz.

En las paredes del lugar se ven algunos cuadros coloridos muy naturalistas que reafirman lo que se ve, con la decoración de ramas reales ya casi secas y una escultura de unos 90 centímetros de altura de una mujer desnuda tallada en madera cercana a la entrada del estudio. Por todas partes hay cables, amplificadores, e instrumentos que hacen parecer el espacio más pequeño de lo normal.

«Hemos variado en el proceso de creación del material de la banda, muchas veces juntos y otras por separado, antes primero eran las letras y cómo se pensaba la canción y ahora somos por decirlo así más libres, dejamos que fluyan los ‘jams’ y de ahí partimos para crear algo nuevo».

Después de un rato contando los tiempos de sus notas y disfrutando cada canción a la que deciden hacerle una modificación, ya empiezan a sofocarse y los brazos brillan por el efecto de la luz reflejada en las pequeñas gotas de sudor. Se nota como el producto del esfuerzo emerge lentamente de sus frentes, que en el caso de Lince es atrapado por una especie de gorro que modela las rastas de su cabello que ya casi le llega a la cintura.

El ensayo continúa fluido, aunque ya la noche está haciendo estragos en algunos de ellos y en la humanidad de Manuel Felipe el cansancio se le nota tanto que los ojos están pequeños y rojizos, como si intentara enfocar mejor los pistones de su trompeta que presiona suavemente con los dedos. Deja de tocar y descansa su mano con el instrumento sobre las piernas, espera con paciencia para entrar de nuevo en acción, y así la jornada transcurre bajo las luces tenues y amarillentas, animada por las notas que después de las horas continúan siendo fuertes, claras y tan afinadas como la primera.

«Para nosotros Rokamandú es un parche de amigos, una familia un proyecto a largo plazo, una forma de expresarnos, de liberarnos, es energía, fusión, versatilidad y a lo que  nos queremos dedicar el resto de la vida».

Ya se acercan las diez de la noche y después de tocar el Political Dance, Siente el baile así, Corazones y Diamantes, entre otras. El ensayo termina, y nos disponemos a hablar por un buen rato con este grupo de artistas que nos recibió amablemente en un lugar, donde no hay tiempo para charlar sino simplemente hacer música.

En Manizales hay mucha música, esta zona del eje cafetero es muy fuerte, hay gran variedad de fusiones, ritmos muy americanos, tropicales, de todo un poco nosotros siempre hemos querido trabajar con todos y siempre le hacemos fuerza a todos, pues el que vaya por el camino de la música bien encaminado cuenta con todo el apoyo porque esto es una pasión colectiva.