Sin Rock And Roll no hay vida (memorias – primera parte)

by / mayo 2, 2019 Opinión No Comments
Mauricio Tamayo

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Confesiones de un adicto al Rock. Una crónica desbarajustada en clave de Mi.

“Somos rock and roll hasta la muerte.
La vida y la muerte son puro rock and roll.
Mala vida y mala muerte. Mala muerte y mala vida.
Somos cualquier cosa y rock and roll.
Te amo, te amo, te amo porque suenas a ella y a mí juntos.
Somos rock and roll hasta la muerte”

“Esta Rockanrolla me Llevó”.    Los Prepucios Nauseabundos. (Canción inédita)

Mamá solía decirme que yo iba a ser lo que quisiera y rock and roll, que mi aura era puro rock y lo más importante, que amaba mi música porque yo la amaba, más allá de si en verdad disfrutaba “Back in Black” de AC-DC por décima vez. A veces me daba pena y le decía que si la podía repetir y ella invariablemente me decía: “claro, pero solamente dos veces más”.  Lo tenía tan claro que cuando mis amigos empezaron a salir a fiestas, ella demoro ese momento, el de mis primeras salidas, sobornándome los miércoles con libros para que el viernes estuviera en lo fino de la historia y no saliera. Y cuando esto ya no funcionó, empezó a regalarme música los viernes, acetatos, sabiendo que yo me iba a quedar en casa oyéndolos cien veces. Me alejó lo que más pudo de esas rumbas para que estuviera más maduro y enfrentara la calle de mejor manera. Y tenía razón, porque algunos de ellos, de mis amigos, empezaron jóvenes a consumir otras cosas y jamás volvieron de allá.  (Crónica: Mi mamá rockanrolero con mi banda hasta el amanecer)

El rock and roll me ha perseguido toda la vida y no ha habido nada que me haya sorprendido más que el hecho de que no importa qué haga, la vida me sigue mandando rock por toneladas. Soy un bogotano cincuentón que ama esta música con la misma pasión que se ama a una mujer y que por azar del destino ha tenido que asistir a algunos de los más hermosos momentos llenos de rock. Momentos como poemas. No importa qué haga siempre hay rock. Para mí Bogotá y el mundo es Rock and Roll puro.

Si quieren entender y disfrutar lo que digo un poco, pongan “The Spirit of Radio” de la banda canadiense Rush. Cierren los ojos y sientan los cambios de la canción, porque ahí está la razón por la cual fundaría la banda Sobredosis, trabajaría en radio, haría varias series musicales de TV, fundaría dos revistas de música, cubriría Rock al Parque con pasión, grabaría conciertos, realizaría videoclips musicales solo o con mis estudiantes, escribiría para otros medios sobre rock (esta fue una página para El Tiempo) y me iría de gira con una banda por Europa en la cual entendí uno de los secretos mejor guardados del mito de las grandes estrellas, pero me estoy adelantando. Vamos al inicio.

Años de ensueño

Este viaje empezó con claridad en 1.975, a los 10 años cumplidos, cuando con suficiencia entendí que todos, absolutamente todos mis amigos conocidos empezaron a escuchar en la radio lo mismo que yo: rock. Desde luego en casa oíamos baladas en español, cosa que era como la norma, pero cuando nosotros empezamos a decidir mover la perilla de la radio lo hicimos completamente convencidos y conversos hacia las opciones que programaban rock. Dos años después ya estaba hermosamente enfermo de la banda sonora de mi vida. Desde los 12 años, desde 1.977 no dejo de escuchar ese latido primigenio. Bogotá era una ciudad perezosa en la que los días duraban una eternidad. Tengo claro que escuchaba Radio Fantasía (la gran maravilla de Álvaro Monroy Guzmán), Radio Visión, HJJZ, Caracol Estéreo, Tequendama a veces (porque no nos gustaba un personaje llamado Pompín) y sobre todo, tengo claro que dormía con la radio encendida. Era lo que oía despierto y dormido.

Recuerdo de manera diáfana a Josué Gastelbondo, un amigo, que luego militaría en el M-19 y llegara a ser Vice Ministro de Vivienda, cuando puso por primera vez en el equipo de sonido de su casa un disco de su hermana Esperanza, un disco que me abrió la mente, fue el segundo disco de Génesis llamado igual y todavía veo con claridad el momento en el cual me enamoré de la versión que ellos hicieron del tema de Cat Stevens “How can I tell you that I love you”. Sentí que esa canción era para mí, Fue amor a primera vista. Fue una explosión que luego me llevaría a comprar todo Cat Stevens cuando ya pude.  Quién iba a pensar que 20 años más tarde iba a trabajar con Tania Moreno de Génesis en Audiovisuales Televisión, haciendo patria de otra forma. Ni siquiera en ese momento la relacioné con las fotos de la rubia bonita con el torso desnudo de los encuentros hippies colombianos cuando yo era un niño y solamente oía a Nino Bravo porque mi mamá mandaba sobre la radio. Esos aparatos que andan todos, en carro, muertos, desaparecidos o en un museo.

Por esos días a mi primo Hernando (que hablaba de la emisora El Dorado cual si fuese un mantra), siete años mayor que yo, se le quedó el disco Santana de Carlos Santana y yo tenía muchas ganas de oírlo, pero la aguja del equipo de la casa se había dañado y no había señales de que la bendita fuera a llegar en el siguiente mercado. Me pasaba las tardes viéndolo, tocando los bordes ajados de la caratula, oliéndolo, porque los acetatos huelen delicioso, cualquier niña que oliera a acetato habría sido mi amor platónico sin duda, pero no había modo de escucharlo, hasta que la respuesta apareció en el colegio.

En la Quinta de Mutis, tercer piso, hermosos 70s, una tarde me mandaron por primera vez a otro curso porque no dejaba dictar clase (mil preguntas seguidas es malo) y en el camino, en el hall me crucé con otro estudiante, a quien lo llevaban a mi salón por la misma razón. Nos hicimos amigos instantáneamente. Del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario volvíamos a casa en trolebús, bajándonos en la estación del Park Way con varios estudiantes entre los que estaba Mauricio Moreno, hoy conocido como Cacho, dueño de numerosos bares y asociado a la cultura rock por sitios tan icónicos como Music Factory. El revoltoso que me cruzara en el pasillo intercambiando cursos. Los dos ansiosos por pasar al siguiente tema. Un día Moreno me invitó a su casa en la Avenida 28, frente a la iglesia de San Alfonso María de Ligorio en donde su mamá tenía un restaurante y allí me mostró que él también tenía un par de acetatos, pero el plan, mi plan, era escuchar ese disco de Santana por fin, así que lo llevé. La palabra perfecta es éxtasis, a un volumen demencial para dos niños de quinto de primaria y pensé, haciendo la guitarra de aire, que la vida jamás iba a ser lo suficientemente triste si seguía la senda de mis héroes musicales. Sigo pensando igual. Hoy en día mi hijo Martín de cuatro años hace la guitarra de aire conmigo y siento que vivo, a veces, ese momento con mi amigo Cacho una y otra vez. Felicidad pura.

A finales de los 70 e inicios de los 80 la pasión era tal, que con tres compañeros del colegio comprábamos un montón de pilas grandes para mover una grabadora enorme y en cassette poder hacer educación física oyendo Kiss. Recuerdo hacer el doble de flexiones simplemente porque escuchábamos “Charisma” o “I was made for loving you”. El profe Roa se dio cuenta que nos podía pedir los ejercicios más difíciles y nosotros los hacíamos felices, así al otro día no pudiéramos subir las escaleras hasta el salón. “Engranados” pero felices. Así tal cual. La música es un motor muy pero muy poderoso.

En la radio nos moríamos por programas como El Pop Británico con Juan Peirano, los conciertos que pasaban a media noche con grupos como Led Zeppelin o Pink Floyd, las bandas que no programaban durante el día, decíamos que era culpa de los DJs del momento que no se imponían (aunque dejamos de culpar a Manolo Bellón porque finalmente entendimos que él no era el dueño de la emisora), queríamos más Black Sabbath sin duda, así que villanos pero también héroes, porque hacían los conteos que disfrutábamos los fines de semana comiendo helado en Fru Fru, en la 15 con 85, mirando caminar todo un paisaje sabanero femenino en el mismo plan. Cuando todavía había “Carnavalito en la 15” y las mujeres guapas se dejaban besar por el sol luciendo lo que habían comprado en las vacaciones afuera del país o en Shetland, a un par de cuadras de ahí. La 15 fue por un rato ese sitio de moda donde paseaban esas pequeñas ensoñaciones tan cercanas a la levedad (me parece ver a la tribu urbana llamada Bee Gees, un par de años después, en la misma 15 pero más al norte, cerca de la Disco Río, con sus atuendos llamativos y sus bailes sorpendentes, pero bueno, esa es otra historia) Recuerdo con claridad ese otro “uniforme”, todo el mundo con Adidas Country, Levi´s y Lacoste, ese mundo de caras levemente maquilladas y de formas femeninas hermosamente puestas en esos jeans. Ya afortunadamente en la onda “botatubo” y olvidados los zapatos con plataforma. Más cuerpos al fondo aún en desenfoque caminando despacio y riendo. Y todavía faltaban las diez mejores del conteo. ¡Qué hermosos días!

En esa época en Bogotá, Colombia, los especímenes de mi edad esperábamos literalmente una semana para ver un videoclip musical que pasaban tarde en la noche del jueves. Uno solito. Lo hacía Armando Plata Camacho regalándonos las caras de muchos por primera vez. Recuerdo que pasó a los ELO y todos quedamos en shock. Verlos fue como ir a otro planeta y esa charla duró hasta el siguiente Especial de Media Noche, ocho días después. Gracias señor Plata Camacho. Éramos felices con tan poco. La importancia de ponerle cara a una voz en la provincia del rock… Algo que parece simple hoy, pero así eran los tiempos. Recuerdo a Germán Jaramillo, reconocido ingeniero, decirme ¿se dio cuenta que el chelista tenía un tabacón de marihuana? Porque esa era y es una banda que usaba y usa instrumentos clásicos, me refiero a eso.

Jimmy Salcedo (ese loco sabroso) y los de JES muy de vez en cuando pasaban algo de lo nuestro. El negocio estaba en otro lado, pero seguro los hijos de Julio E empujaban la cosa. Gracias a ellos jamás olvidaré la calidad de Nash, Traphico (cuyos discos compré pensando que ya venía el momento de los héroes locales), Crash, Carbure y Ship (que era lo mejor que tenía el país de lejos en este tema)

Así que de la manera más natural con los amigos del Colegio San Viator (al otro lado pensaron que no era suficiente con cambiarme solo de curso por temporadas y me hicieron el favor de expulsarme) decidimos armar una banda de rock que se llamó de la manera más inocente posible Sobredosis. Cosa que a una señora de apellido Nieto en la revista Cromos (guardé el artículo por supuesto) le pareció el fin del mundo cuando anunciaron que íbamos a salir en el programa de Yadi González Juventud 84, cosa que iba a corromper a los jóvenes del país de manera irremediable. Esa idea de que el rock traía el averno a casa, que el nombre llamativo no era una jugada publicitaria para la época y que tal vez nosotros éramos unos sucios punks con el anticristo en las lenguas, ojalá pero lastimosamente no, jajaja y nosotros tan juiciosos peleando el primer lugar en muchas de las clases, porque aprender es “cool” y porque después de 20 años de profesor universitario todavía me sorprendo con un millón de cosas y me gusta cada artículo bien escrito que leo. Increíble. Cosa que me acuerda de una mamá vecina mía que me dijo que, de haber sabido que los de U2 eran católicos habría escuchado más su música.

Tiempo de murgas

Por esa época, inicios de los 80s, había en los colegios de la ciudad unas competencias musicales llamadas Murgas que tenían, desde luego, toda clase de categorías y hasta masculinas y femeninas porque para muchos estar separados era la clave para un mejor rendimiento en general.  Solistas, grupos, tunas. A nosotros claro, nos encantaba ver las Murgas porque además siempre estaban llenas de guapas de todos los colegios femeninos de la ciudad y no pensábamos en categorías, jamás. No en esos términos. La única categoría importante y que más nos llamaba la atención era la eléctrica, obvio. El San Viator era famoso por sus Murgas, las mejores, que hacían en su coliseo de baloncesto y porque además contrataban buen sonido, pero también porque tenían una de las mejores bandas de colegio: Kocoa que incluso habían editado un disco con dos temas: “Hari Hari” y “The Pulse”.  Todos queríamos ser ellos. Luego apareció Blast, la banda de Álvaro Rodríguez, el hombre que puso a tocar saxo al expresidente Clinton en una de sus visitas a Colombia. Así que pensamos en ese momento, bueno, estamos en el colegio que es, en el lugar perfecto, el que funciona para cumplir este sueño juvenil.

Con los amigos del curso armamos el grupo: Andrés Gardeazábal en la guitarra rítmica y Gustavo Lorenzo en la batería y un invitado que resultó ser, tal vez, el mejor guitarrista colombiano de todos los tiempos (Aterciopelados, Ciedos Sordomudos, Miguel Ríos, Molotov, Paralamass do Suceso e innumerables músicos de Hispanoamérica de ese nivel), Alejandro Gomesscáceres. Y empezamos a ganar todas las Murgas, la del Emilio Valenzuela que era muy apetecida, la de nuestro colegio que era para mi gusto la mejor, el Duelo Eléctrico del San Carlos y así.

Con ello en 1.985 llegó la invitación a tocar en el Segundo Encuentro de Rock Nacional auspiciado por 88.9 F.M, que era nuestra emisora favorita en ese momento y la emisora número uno de lejos en el ambiente. 88.9 fue tan importante para mi generación como la aparición del celular para la siguiente. Ya éramos un trío porque Andrés se fue del país para huir de la posibilidad de prestar servicio militar en un país en conflicto y él con ciudadanía canadiense tenía otra opción para estudiar. La audición fue con Enrique “Blue” Martínez, baterista de mi adorada banda Traphico, cosa que resultó estresante en exceso para mí por ese hecho. Y pasamos. Fue increíble tocar al lado de Compañía Ilimitada (Camilo Jaramillo fue el único que se acercó a ver a los niños y preguntar si necesitábamos algo), X tres y Tribu 3. El teatro Jorge Eliécer Gaitán (recién remodelado y con gente parando el tráfico en la Avenida 7) se llenó completamente y desde luego nos pasó de todo: jamás sentimos un miedo igual, a Alejo se le desconectó la guitarra y toco improvisar mucho porque su sonido se iba y venía en un estruendoso vaivén, Perruncho el famoso punketo de Medellín era nuestro invitado para tocar la harmónica en un tema y decidió aparecer detrás de cada cabina de sonido como una sombra, un asistente se cayó del segundo piso en medio de su traba bailando, una persona se subió a la tarima y se robó la bandera de Inglaterra que habíamos puesto en el bombo de la batería, a la mayoría de las bandas les recortaron el tiempo pero a nosotros nos dejaron tocar todo el repertorio, pero sobre todo la euforia que viene después del miedo.  Siempre que pienso en Bogotá cuando estoy por fuera me acuerdo de ese momento y sé que soy capaz de sobrellevar cualquier cosa y triunfar. Se pierde y se gana, pero para mí ese es el símbolo de que un colombiano siempre da la pelea. Es raro, es un momento significativo personal, pero significa eso. Difícil un pico de alegría así, a pesar de que ese año fue terrible por la Tragedia de Armero y la Hecatombe del Palacio de Justicia. Siempre recuerdo las dos partes en la misma idea, como un mensaje para la vida de cualquiera. Cara y cruz.

Ese año parecía que en Bogotá llovía a toda hora. Tengo la sensación de que llovió un diluvio sumando tanta agua o fue que tuve la puntería de mojarme cada vez que se presentó una horrorosa precipitación pluviométrica (aguacero), como más tarde me enseñaría a decir La Bestia, Iván García cuando trabajábamos en la Radiodifusora 99.1 FM y antes de que hiciéramos ruido con los Prepucios Nauseabundos. Pero bueno me estoy adelantando.

Estando ya en la Universidad Javeriana nos convertimos en la KGB con Pablo Bernal (Carlos Vives, Bloque de Búsqueda, Ciegos Sordomudos) en la batería, Alejo y yo. Tocamos en un millón de sitios de moda en la Bogotá de esa época de los 80s: Happy Days (un sitio que merece un documental porque Ramiro y Olga convirtieron el lugar en el favorito de la noche, en corto tiempo), Estación Central (de Carlos Vives), La Casona (rumba alternativa corrida en La Candelaria), El Café del Jazz (la locura colectiva en acción en la 82), Music Factory, Metro Bar (donde uno se enamoraba varias veces en una noche), N.Y. Village y un heterogéneo etcétera ( en cuyo etcétera una noche se me entró al baño una actriz de moda de la época y charlamos lindo ahí, con la taza como testigo). Bogotá era una ciudad rockanrollera y adulta como nunca en esa época. Todos los placeres a la mano con una policía complaciente con los conductores entonados, en la que casi no robaban, en comparación, imagínense eso, a pesar de que mucha gente salía más que “tocada” (en el sentido que ustedes quieran) caminando a conseguir taxi. Aunque sí pasaban cosas, mi mejor amigo era Gabriel De las Casas, hoy uno de los Gerentes de Claro, pero una de esas noches, ayúdandome cual roadie con el amplificador y yendo a “la zona” como decíamos,  aparecieron unos tipos y dos peladas y le dieron una paliza tan grande que terminó desmayado. Fue una avalancha de diez hombres dando puños y patadas por turnos. Dos tipos me cogieron y me decían calma no es con usted músico. Estamos armados, calma.  Fue terrible. Pero no pasó a mayores porque esa noche como siempre terminamos algo ebrios luego del toque. Ese fue el peor recuerdo de ir a tocar en todos esos años. Ese y el miedo de que volvieran a matar a alguien en el baño de Sones y Cantares y que estuviéramos justo ahí, por ejemplo.

Y así toda la carrera universitaria. Tocando casi todos los días, descansando solamente el domingo y el martes. Los dos últimos años de esa década están completamente borrosos por tanto agite y desorden. Hubo un momento en el que pensé que iba a morir. Es como si una luz estroboscópica se hubiera adueñado de mis recuerdos en esos días. La rumba le ganó al rock and roll y salí de la banda. Tomé varias decisiones muy malas pero la radio me salvó. Y esta vez no fue como oyente. Empecé a trabajar por primera vez en una emisora y eso lo cambió todo, menos el tema de fondo, porque desde ese trabajo fue compartiendo y viviendo de cerca el mundo del rock and roll.

Fue ahí donde entendí mejor eso de Sexo, Droga y Rock and Roll, pero eso les contaré en la próxima entrega.

Mauricio Tamayo Tamayo